El Horreo asturiano, el granero en la nube

Los hórreos tuvieron y tienen, en todas las geografías donde el clima ha propiciado su aparición, la misión de granero, de almacén, sobre todo para preservar la cosecha de la humedad y de los roedores y otras alimañas que pudieran dañarla, causando así una pérdida irreparable. Han sido por tanto un invento anónimo pero clave para la sobrevivencia humana, que pervive en el tiempo con absoluta rotundidad, como queriendo recordarnos de dónde venimos.

Asturias no fue ajena a este gran invento pensado para vivir más y mejor, y no solo eso, sino que además le añadió a esta palafítica construcción de la Europa Atlántica un plus de identidad, de simbolismo, de imaginación, de sentido lúdico y de fiesta. Es así como el hórreo asturiano es inconfundible. Con la singularidad además de que es desde sus inicios un granero vinculado especialmente al cultivo del maíz.

Si echamos un vistazo panorámico sobre Asturias, es decir, si pudiéramos hacer una especie de visión 360º caemos en la cuenta de que los hórreos son un elemento identitario de la Asturias rural como ninguno, y de que a pesar de que muchos se los ha llevado la riada del tiempo, aún quedan ejemplares y conjuntos impresionantes, que nos dan idea de la importancia que tuvieron en tiempos pretéritos… Hoy simbolizan la Asturias más antigua, más natural, más sobreviviente, más valiente, más mágica; simbolizan el alma asturiana sustentada sobre los pegollos de la fuerza, la integridad, la historia y el esfuerzo colectivo.

 

La producción de sidra en Asturias es tan antigua como la invención y uso de los hórreos o más. Por eso no es extraño encontrarnos una pomarada - conjunto de manzanos plantados en una tierra -, y muy cerca el hórreo, componiendo una estampa idílica, especialmente en primavera, cuando los manzanos están en flor e inundan con su color y olor el cielo y la caleya…

 

El hórreo aparece con cierta frecuencia en las quintas de recreo, palacios y casas principales como complemento ideal de las fincas y estancias. En la mayoría de los casos ya no tiene el uso primigenio, sino que es más bien un detalle ornamental y un espacio de solaz, “diseñado” a gusto de quienes lo disfrutan… Y es verdad que un hórreo es perfecto para el goce tanto estético - porque lucen espléndidos en cualquier jardín, terreno, prado o similar - como funcional - porque se les puede dar casi cualquier uso, tantos como todos los que se te ocurran dejando volar la imaginación -…

Y por si fuera poco, son un símbolo de identidad que muestra la querencia de quien los posee y los mantiene por una tierra tan singular como la asturiana.

 

Una de las primeras sensaciones que te producen los hórreos, sobre todo los más antiguos - los que datan de los siglos XV, XVI o XVII - es que el tiempo está detenido dentro y fuera de ellos. A su alrededor parece que todo siguiera igual. Te sientes en una aldea asturiana cuatrocientos o quinientos años atrás. El sonido del silencio, el verde del paisaje, el canto de los pájaros, el sol, los carros del país debajo del hórreo reposando para volver a la faena, el tejo - árbol mitológico de los celtas – abrazando al hórreo y, al mismo tiempo, a su abrigo.

 

Cuando están todos juntos, el conjunto es monumental, aparecen como gigantes que decoran la aldea con su porte sobrio y elocuente. En Asturias hay varios pueblos que conservan conjuntos que impresionan por su belleza y potencia. Son Espinaréu, en Piloña, y Sietes, en Villaviciosa, que juntan entre los dos casi sesenta. Ambas aldeas son memoria etnográfica en vivo y en directo. Y especialmente en directo impresionan…

 

 

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